Somos ciudadanos de la Unión Europea. Puede ser que, con suerte, esto no nos diga nada. En el peor de los casos, unimos esta condición con algo que nos dice qué tenemos que hacer o de dónde tenemos que recortar. No nos sentimos especialmente afortunados de pertenecer a la UE. Por supuesto, generalizo.
Esto contrasta con lo que se vive en Ucrania, donde cientos de miles de jóvenes se manifiestan (violentamente, en algunos casos) en la Plaza de la Independencia de Kiev para exigir a su gobierno que no ceda a las presiones rusas y firme el acuerdo de asociación comercial con la UE. El gobierno ucraniano estaba decidido a firmarlo pero se echó atrás a última hora ante las presiones de Putin. ¿Por qué? Una cuestión de orden internacional. Intentaré simplificarlo al máximo.
Tras el final de la II Guerra Mundial, el mundo se dividió en dos zonas de influencia, siempre enfrentadas: la occidental o capitalista, a cuya cabeza estaba EEUU; y la oriental o comunista, liderada por la URSS. Es lo que se llamó la Guerra Fría. Al caer el sistema soviético en 1991, EEUU quedó como única súper potencia mundial. 20 años después, EEUU sigue liderando el mundo pero otros países han ido tomando posiciones de potencias. ¿Y cuándo se es potencia? Cuando se tiene la capacidad de influir en las relaciones internacionales y en los territorios que no son potencias.
Lo que está en disputa ahora es la influencia en la Europa más oriental, es decir en aquellas repúblicas desgajadas de la antigua URSS. Es una cuestión continental pero que puede tener influencia en el orden internacional. Las potencias en liza son la Rusia de Putin y la Unión Europea. Sí, aunque sea a nivel continental, somos parte de una potencia.
La UE, como ha sido su costumbre desde Maastricht (1992), ha afrontado sus sucesivas ampliaciones desde una perspectiva marcadamente comercial. Ahora, la UE ve en el este la salida a la crisis de ahí que, por ejemplo, haya retomado las negociaciones con Turquía. Ucrania es la joya de la corona de la Europa oriental. Es un país grande, con 45 millones de habitantes, con una gran posición estratégica, rico en recursos naturales y con el nivel de desarrollo mayor de toda la zona. Es un caramelo... que Rusia no querer perder.
Porque la firma de ese acuerdo comercial significaría que Ucrania entraría en la zona de influencia europea, algo que desean enormemente los jóvenes de Kiev. La UE significa, para ellos, derechos y libertades, más justicia, menos desigualdades y menos corrupción y ese pacto comercial es el primer paso a una futura integración. Ucrania vive en la órbita rusa, con todo lo que eso significa, en un régimen de apariencia democrática pero tremendamente corrupto y caciquil. Por ejemplo, Yulia Timoshenko, una de las líderes de la Revolución Naranja de 2004, que pretendía acabar con este sistema corrupto, pro europea y que llegó a ser primera ministra ucraniana, está actualmente encarcelada por un proceso opaco y dirigido a medias entre Yanukovich (presidente ucraniano, conservador y líder del partido en el gobierno) y Moscú.
Ucrania se ha echado para atrás por la presión de Rusia, su principal socio comercial y distribuidor de fuentes de energía (especialmente, por el gas). No quiere enojar a Putin. Pero la mitad del país, aquélla en la que Yanukovich no influye tanto y que está pegada a Europa, siente el apoyo europeo y nos ven como la salida a sus problemas y a su pobre situación.
La UE tiene sus fallos. Muchos. Pero estar dentro nos hace más fuertes. Una crisis como ésta nos ha hecho perder la fe en casi todo pero aún provoca esperanza en otros. Me pregunto si no la anhelaríamos si, como muchos dijeron querer, estuviésemos fuera de la Unión.
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