Somos ciudadanos de la Unión Europea. Puede ser que, con suerte, esto no nos diga nada. En el peor de los casos, unimos esta condición con algo que nos dice qué tenemos que hacer o de dónde tenemos que recortar. No nos sentimos especialmente afortunados de pertenecer a la UE. Por supuesto, generalizo.
Esto contrasta con lo que se vive en Ucrania, donde cientos de miles de jóvenes se manifiestan (violentamente, en algunos casos) en la Plaza de la Independencia de Kiev para exigir a su gobierno que no ceda a las presiones rusas y firme el acuerdo de asociación comercial con la UE. El gobierno ucraniano estaba decidido a firmarlo pero se echó atrás a última hora ante las presiones de Putin. ¿Por qué? Una cuestión de orden internacional. Intentaré simplificarlo al máximo.