Hace unos días discutía con mi hermano y mi padre, algo normal y edificante al tiempo, sucesos de esta actualidad que nos aturulla cada día con noticias aún peores que las del día anterior. Dicha discusión fue derivando hacia los propios medios de comunicación de este país. Jamás he escondido mi aversión por ellos. No en vano, ya escribí sobre ello en el blog Se me hace bola (bastante menos serio, ahora parado pero con algún proyectillo para mantenerlo vivo). Hoy, más que nunca, me reivindico en lo que escribí.
Me reafirmo en que los medios de comunicación de este país son megáfonos de lo que los partidos políticos quieren contarnos, sean del color que sean. Buena cuenta de ello son los despidos masivos en RTVE a raíz del cambio de gobierno. Ya publiqué mi gusto por el periodismo de Ana Pastor (o Jordi Évole, por poner otro ejemplo) en el que su labor es preguntar por todo aquello que pueda interesar a la opinión pública (es decir, a nosotr@s) sin mirar a quién tiene delante o a quién tiene que contentar. Es decir, ejerciendo su labor de cuarto poder: la información.
El cuarto poder nació para controlar a los otros tres (legislativo, ejecutivo y judicial), para que el pueblo supiéramos qué tejemanejes se traían entre sí, para que nadie estuviera a salvo de la responsabilidad de sus acciones, ni siquiera los poderosos. La información es poder, claro que sí. Pero aquí está comprada por los distintos partidos políticos. No hay información sino propaganda.
¿Y esto a qué viene? Hoy he leído la noticia de que ha muerto una periodista japonesa, Mika Yamamoto, mientras ejercía su profesión en el conflicto de Siria. Es el cuarto periodista que muere durante el conflicto,. Hoy he querido homenajear a todos aquellos profesionales que ejercen su trabajo de forma ética, cuyo objetivo es informar le pese a quien le pese. Hoy, en especial, a los reporteros de guerra, que se juegan sus pellejos por hacer que "el mundo libre" sepamos qué ocurre, podamos pensar, reflexionar y emitir opiniones. Espero que los que estén allí puedan regresar a sus casas más pronto que tarde para poder disfrutar de sus familias y amigos, una escasa pero gratificante recompensa por su valentía.
El mundo necesita más periodistas valientes. El mundo necesita, necesitamos, más corresponsales de guerra que no sirven ni a uno ni a otro bando, que se juegan cada aliento por contarnos y enseñarnos (no quiero olvidarme de los fotógrafos, cámaras y técnicos) lo que ven, lo que escuchan y lo que pasa, ni más ni menos, que no adornan la realidad para asegurar su puesto de trabajo sino que cumplen la función pública que eligieron cumplir. Sí, los periodistas y medios de comunicación cumplen una función pública y ellos eligieron cumplirla, nadie les obligó (exactamente igual que a un político nadie le obliga a presentarse a unas elecciones o a un juez presentarse a la oposición). En este país, los intereses empresariales y políticos son muchísimo más fuertes que la función pública que puedan ejercer. Necesitamos periodistas más valientes, corresponsales de guerra que hagan su labor pero aquí, en nuestro país, entre políticos, jueces, empresarios y sindatos. Por eso admiro a Ana Pastor y a los que, como ella, ejercen su profesión de informarnos.
Una breve reflexión acerca de esto. ¿No es revelador que Ana Pastor haya destacado en el panorama nacional por ejercer su trabajo? ¿No pasaría lo mismo si un político decidiera ser honesto y transparente? ¿No nos dice eso suficiente? ¿No se nos debería caer la cara de vergüenza porque su despido haya sido causa de escándalo en todo el mundo occidental, apareciendo en prestigiosos periódicos europeos y norteamericanos, y aquí nos haya parecido lo más normal del mundo? Ahí dejo esas preguntas por si queréis contestarlas.
No nos engañemos ni dejemos que nos engañen, la información es un derecho que tenemos. Exijámoslo.
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